Familia Bartolomé, desde 1999 recorren el mundo injertando en viñedos
Conocimos a una familia de injertadores que estaba trabajando en un viñedo de Caucete. Llevan cinco décadas viajando por Argentina para hacer reconversión en las cepas, pero su fama llegó al viejo mundo y pasan la mitad del año trabajando en Europa y Nueva Zelanda.

Don Oscar Miguel Bartolomé empezó trabajando en un viñedo en La Rural, en Mendoza, de la familia Ruttini, donde reconvirtieron 180 ha de viñedos, a principios de los años 70. Allí un administrador de la finca lo inició en el arte del injerto, una tarea que luego tomaría como su profesión y su pasión. “Él me dijo aprende y hacelo bien, porque este oficio puede ser el futuro para vos. Y yo gracias a ese señor le he dado todo a mis hijos, he recorrido el mundo y en toda la Argentina he injertado, desde el norte al sur”, comentó Oscar a Agro & Negocios.
Junto con sus hijos, Marcelo y Diego Armando, vino la semana pasada a trabajar en un viñedo de Caucete. San Juan es un lugar habitual para su equipo de trabajo y suelen venir dos veces al año.
La primera vez que Oscar viajó al exterior fue para injertar en Francia e Italia. “Me llamaron de Estados Unidos para hacer el trabajo en Europa, yo pensaba que no era verdad, pero me llegó un día un contrato escrito en francés y los pasajes y el 25 de abril de 1999 viajamos con mi hijo y mi cuñado de Mendoza a Chile y de ahí a Barajas, España. Me esperaban dos personas francesas y nos fuimos a trabajar en Perpignan y de ahí a seguir injertando en La Toscana, en Italia”.
La fama de buenos injertadores
Después de eso lo vinieron a buscar en de otros países para más trabajos, pues la Familia Bartolomé ya se había hecho la fama de que eran expertos en el arte del injerto. Y empezó una vida dedicada a trabajar en las fincas, mitad del año en Argentina y mitad en Europa.
Las tareas las realizan con un grupo de 20 personas especializadas en la técnica del injerto y en una jornada pueden llegar a hacer 7000 cepas, recorriendo de punta a punta las hileras de una finca. Y la meta es llegar a un 90 por ciento de prendimiento.
Según cuenta Marcelo, hijo de don Bartolomé, que empezó a trabajar con su padre desde los 17 años, “cada trabajador va dejando su marca al inicio de la hilera así nosotros vamos repasando y esa marca nos ayuda a decirle al operario si tuvo algún error o si debe prestar atención en alguna planta. Y recién en febrero podemos comprobar el porcentaje de prendimiento del injerto, ahí es cuando el dueño de la finca puede ver los resultados”.
Respecto a las fincas donde estuvo, don Bartolomé dijo que “acá hemos hecho injertos en Callia, a las fincas en Ullum de Zobelman, y en Mendoza, a Salentein, Ruttini, Achával Ferrer”.
Gran parte del secreto del injerto es la yemita que sacan del sarmiento, hecha con una navaja muy afilada, y luego eso se pone en agua y se entrega a los operarios que salen con su morral al viñedo. Esa yema es la que lleva los genes de la variedad nueva que va a tener la planta.
La ventaja de hacer injertos
“Un productor para no esperar tanto para cosechar, lo más rápido es el injerto. Porque si esta empresa en donde estamos ahora decide arrancar, comprar la nueva planta y plantar, van a pasar tres años y recién va a tener frutos. En cambio, con el injerto el año que viene ya va a tener cosecha. Esa es la gran ventaja del injerto”, explica don Bartolomé.
Trabaja cuatro meses en Argentina, después tiene una pausa, y luego en contrastación sus hijos van a Europa. Por ejemplo, Marcelo se dedica a los viñedos en Francia, España, Armenia y Nueva Zelanda. Mientras que Diego Armando, visita las viñas de Italia, Rumania, Suiza y Alemania.
Para Oscar un pilar fundamental en el trabajo es “hacerlo de forma correcta, cumplir con lo que pide el propietario del viñedo, porque una persona que trabaja bien y es responsable, después lo van a buscar por todos lados”.
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